Crónica de Photoespaña (III)

Más exposiciones visitadas

Shirin Neshat. Escrito sobre el cuerpo.
Shirin Neshat nació en Irán en el año 1957, cuando gobernaba Mohammad Riza Pahlavi. A los 17 años abandonó su país para estudiar en Los Ángeles y no regresó hasta el año 1990. Lo que ella encontró a la vuelta era otro país cuya situación cultural o social era tan diferente de la que había dejado que la fotógrafa sintió que de algún modo su identidad se había perdido. Esto la llevó a una búsqueda de si misma realizada a través del vídeo y la fotografía.
Para ahondar en su identidad como mujer iraní pero a la vez como espectadora distante, casi ajena, Neshat realizó varias instalaciones audiovisuales y series de fotografías, así como dos cortometrajes y el largometraje: “Women without men”. La obra expuesta el Espacio Telefónica de la Calle Fuencarral es una selección (Pequeña, a mi juicio) de fotografías de difrentes series y de imágenes tomadas de sus instalaciones de video pero mostradas en forma de fotos de gran formato. También se puede ver su largometraje.
Lo primero que llama la atención en sus fotografías es su gran belleza estética. La autora ha puesto un especial cuidado  en la técnica y en el procesado de todas las fotografías los que las convierte en obras de arte por si mismas, pero además se suma el hecho de que las imágenes han servido de lienzo para que Neshat escriba o dibuje sobre ellas. La fotógrafa, con una caligrafía delicada, bellísima, casi una obra de arte en si misma, plasma sobre los rostros retratados versos de algunas poetisas o fragmentos del Libro de los Reyes. De hecho, según mi opinión, las fotografías pertenecientes a la serie que lleva el nombre de este libro son a la vez las más hermosas y las más duras de toda la muestra.
Shirin Neshat no sólo escribe sobre las fotografías, también dibuja escenas de guerras antíguas, de las que se remontan a los tiempos en que su país era aún Persia, la cuna de la civilización. Esta forma de intervenir sobre las imágenes no es caprichosa, sino que las carga de significado y las convierte en gritos que hablan al mundo del sufrimiento iraní.
El conjunto es una exposición impresionante donde la hermosura de las imágenes se suma al tratamiento pictórico posterior para cautivar al espectador y para hablar de la triste historia de Irán y de como la mujer ha sido la principal sufridora de todo lo que allí ha ocurrido en los últimos años.

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Flower Paradise. Nabuyoshi Araki.
La fábrica, alma mater de PhotoEspaña, inaugura en estas fechas un nuevo local, más grande, con librería, espacio para restauración y una pequeña sala de exposiciones que inicia su labor con las fotos de Araki.
El fotógrafo japonés recrea unos bodegones cuya factura puede recordar a pintores como Zurbarán por el uso de fondos negros o por la composición, pero que se aleja de ellos en cuanto a la temática. Araki fotografía flores de vistosos colores entre las que aparecen muñecas maquilladas o reptiles de plástico. Tanto las flores como los saurios así como las muñecas cubiertas de maquillaje son elementos muy presentes en la cultura japonesa, y de ello se sirve para esta serie en la que intenta recordar el tsunami que arrasó su país en 2011.
Son fotografías bellas, que merecen una visita, pero tal vez se parezcan demasiado unas a otras y es esa repetición de elementos el punto negativo de la colección.

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Atmos, de Darren Almond.
Tal vez soy muy estrecho de miras, pero cuando voy a ver una exposición fotográfica, lo mínimo que espero encontrar es fotografía, pero parece ser que esto no es así, o al menos no lo es en determinados círculos de arte contemporáneos a los que tan afín es la sala Alcalá 31, de la comunidad de Madrid.
Acudí a la inauguración de la exposición y lo primero que encontré, sobresaliendo entre la maraña de políticos y similares ávidos de foto oficial, es una serie de lienzos en los que el artista ha pintado números incompletos, como los de los relojes de algunas terminales de tren o aeropuerto. Junto a los lienzos hay algún aparato extraño y una video instalación, pero ni rastro de la fotografía. Sólo cuando uno vence la tentación de salir por donde ha venido y avanza al interior de la sala se encuentra con las fotografías. Tres fotos a gran formato (Ya se sabe lo que dice el dicho, si tu foto no es suficientemente buena, hazla más grande) en las que se muestran una suerte de monolitos de piedra cuya significación, si la tienen, ignoro peor de cuyo valor fotográfico me permito dudar.
En la planta superior de la sala, junto a nuevos lienzos de números partidos, se encuentran las demás fotografías. Paisajes desvaídos y casi borrosos, por supuesto a gran formato, captados con muy largos tiempos de exposición. Estas fotos, situadas frente a lo que parecen planos estelares, podrían tener interés mostradas por sí mismas, hay algo interesante en esos paisajes que no son ni diurnos ni nocturnos, pero entre la mezcolanza de la exposición lo pierden.
Insisto en que puede ser un error de apreciación personal, pero creo que esta exposición no merece el esfuerzo de la visita, no al menos dentro de un festival de fotografía.

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Los asistentes a la inauguración oficial entre la obra pictórica expuesta. © Roselino López
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