Ladrones de almas

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   © Roselino López

Últimamente he tenido ocasión de conversar c­on algunos fotógrafos especializados en fotografía callejera que han expuesto en Madrid fotografías tomadas en diferentes lugares de Estados Unidos. En estas conversaciones, de forma casi invariable, siempre hay un momento en que el autor se refiere a la actitud de las personas capturadas por ellos en ese país y por norma general siempre se alude a la predisposición de los norteamericanos a dejarse retratar, e incluso a colaborar con el fotógrafo ofreciendo las facilidades que estén a su alcance para que este realice su fotografía.
Igualmente frecuente es que, por desgracia, en algún momento de la conversación alguien diga algo como “No como en España, donde cada vez es más difícil fotografiar personas” o alguna frase parecida e igualmente lapidaria pero no por ello menos cierta.
¿Qué ocurre en España? ¿Por qué es tarea tan ardua hacer Streetphoto en este país de nuestras entretelas?
La norteamericana es una sociedad en la que tiene una gran presencia la cultura audiovisual. Tanto el cine como la televisión forman parte de la vida diaria de sus habitantes de una forma en la que quizás muchos de ellos no son conscientes. Ser registrado por una cámara es, en cierto modo, una forma de celebridad, de orgullo y de reconocimiento, y eso puede que, tal vez, motive a los norteamericanos a querer ser protagonistas de las fotografías, aunque esto es sólo una conjetura.
En España, de un tiempo a esta parte, y sólo desde hace un tiempo pues esto no siempre ha sido así según afirman los fotógrafos más veteranos, fotografiar a la gente en la calle es casi una actividad de riesgo para el fotógrafo. Los españoles recelan ante la presencia de una lente y en demasiadas ocasiones reaccionan de forma hostil. Tienen miedo a ser fotografiados, es un miedo que recuerda al temor ancestral de algunas culturas a que el fotógrafo les robe el alma pero que en este caso parece ser más al uso que el fotógrafo hará de su alma que de la apropiación en sí.
Basta con echar un vistazo a la historia de la fotografía española para comprobar que algo ha cambiado. Las fotografías de los grandes maestros nacionales, desde los componentes del grupo Afal a Cristina García Rodero o Virgilio Vieitez entre otros muchos nos muestran una instantánea de la vida en este país que debe mucho a la colaboración y a la falta de hostilidad de los fotografiados.

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  © Ramón Masats

Sin embargo ahora, y hablo por mi propia experiencia, fotografiar personas en la calle y lugares públicos (Nada de lugares privados, que eso es otra historia) es una aventura en la que el fotógrafo se arriesga a sufrir las iras no solo verbales del fotografiado, aunque la foto no muestre ninguna situación comprometida. ¿Qué ha ocurrido para que esto sea así? ¿Por qué hay quien tiene miedo a una simple fotografía?
No puedo elaborar una respuesta que sirva de dogma, más quisiera yo, pero si puedo aportar mi teoría.
Volviendo de nuevo a Estados Unidos y a su cultura de la imagen, en aquél país en el que aparecer en la televisión o la prensa es una meta para tanta gente, los fotógrafos han sacado partido a ello a lo largo de su historia. Desde las fotografías  siempre oportunas y casi inmediatas de Wee Gee, hasta el acoso a los famosos por parte de Ron Galella, la fama ha tenido un precio que no siempre ha querido ser pagado por los retratados, sin embargo sus litigios con los cazadores de imágenes se han llevado a cabo en privado, dejando a los tribunales su resolución y poniendo en manos de la prensa en la mayoría de los casos sólo el veredicto final del juez. Sin embargo, en España, un nutrido grupo de famosos por nada han empleado su tiempo y esfuerzo en dirimir sus enfrentamientos con los paparazi en programas de televisión para obtener así un mayor beneficio económico y una mayor fama. Son muchos los programas de televisión que han dedicado horas a mostrar como un famosillo de tres al cuarto se quejaba por que un fotógrafo había realizado un “robado”, palabra que odio, supuestamente sin su permiso. Les hemos visto, y les veremos, lamentarse y atacar al fotógrafo, no al medio que le contrata ni a quien comprará esa fotografía publicada, tal vez porque siempre es más cómodo matar al mensajero, y para defenderse han esgrimido a capa y espada algo tan impreciso como el derecho a la imagen.
Creo que tanto se ha hablado del derecho a la imagen como escudo inviolable contra la fotografía, que el concepto ha calado en la mente del ciudadano llevándole a pensar que el fotógrafo es una especie de delincuente que tomas sus fotografías con algún fin ruin que siempre acabará perjudicando al retratado y que proporcionará beneficios indignos al que toma la foto.
Los ciudadanos han adquirido un recelo por su intimidad legítimo pero, a mi juicio, mal entendido. No hablo de fotografías que muestren situaciones comprometidas o vergonzosas, hablo de lo que se conoce como Streetphoto, de un estilo fotográfico que acostumbra a mostrar la cara amable de la vida en las calles, que no incide en lo escabroso o turbio y que prefiere buscar el momento único entre la rutina de la vida urbana, el instante decisivo del que hizo gala Cartier Bresson y que él y sus seguidores fotografiaron en un tiempo pasado que, visto desde este época, fue mejor. Es más, este tipo de fotografía engloba a la mayoría de las que componen la historia de este noble arte. Si atendiendo a estos principios tan en boga se suprimieran de la historia de la fotografía, esta se vería reducida a su mínima expresión.

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   © Enri Cartier-Bresson

Entiendo el recelo de los fotografiados, sobre todo ante el aluvión de noticias sobre uso indebido de fotografías por parte de profesionales que no deberían responder a ese calificativo y que puede producir confusión, entiendo que no todo el mundo tiene porqué estar conforme con que alguien apriete el disparador y capture su imagen, sobre todo en el caso de los niños aunque eso merece una entrada aparte, pero no entiendo que este temor se convierta en agresividad, que se desprecie al fotógrafo, que se le criminalice por el mero hecho de capturar una escena que sucede en la calle, a la vista de todo el mundo, en público, y sobre todo no entiendo como ese temor a la fotografía desaparece en determinadas situaciones por algún tipo de conveniencia.
Como tantos fotógrafos han demostrado, las manifestaciones religiosas públicas tales como procesiones o romerías, entre otras, son terreno abonado para la fotografía de reportaje. La gente acude a estos eventos con una actitud diferente, en ocasiones incluso con una indumentaria y un comportamiento diferente. El público de estas manifestaciones cambia su actitud y se exhibe en público, de desinhibe y se deja fotografiar. Pareciera que el fotógrafo es más invisible que nunca en las reuniones multitudinarias y que esa invisibilidad fuera provocada voluntariamente por los asistentes más que por el propio retratista. Lo mismo ocurre en concentraciones políticas, en fiestas y en otros eventos similares. Se diría que el grupo, la colectividad, hace olvidar a las personas su miedo a ser retratado, que el fotógrafo es ahora un amigo, o al menos un bulto al que no hay que prestar atención y que la colectividad anula el interés por el derecho a la imagen.

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   © Roselino López

Pero, hablando sobre el tan traído y llevado derecho, ¿Qué dice la ley sobre ello?
Este principio está reflejado en la ley orgánica 1/1982 de 5 de mayo, de protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, así como en el artículo 18.1 de la Constitución.
La ley, muy escueta e incompleta, es tajante en su artículo 8;

1. No se reputarán, con carácter general, intromisiones ilegítimas las actuaciones autorizadas o acordadas por la Autoridad competente de acuerdo con la ley, ni cuando predomine un interés histórico, científico o cultural relevante.

2. En particular, el derecho a la propia imagen no impedirá:

a) Su captación, reproducción o publicación por cualquier medio cuando se trate de personas que ejerzan un cargo público o una profesión de notoriedad o proyección pública y la imagen se capte durante un acto público o en lugares abiertos al público.

b) La utilización de la caricatura de dichas personas, de acuerdo con el uso social.

c) La información gráfica sobre un suceso o acaecimiento público cuando la imagen de una persona determinada aparezca como meramente accesoria. Las excepciones contempladas en los párrafos a) y b) no serán de aplicación respecto de las autoridades o personas que desempeñen funciones que por su naturaleza necesiten el anonimato de la persona que las ejerza.

De lo cual se deduce que el derecho a la imagen es fundamental e inviolable y que, precisamente aquellos que más lo esgrimen en la prensa y la televisión son los que menos amparados están por él por su carácter público.
Pero esto es una ley, y como tal siempre se pone en lo peor. La ley trata de impedir el delito, el mal uso de las fotografías, por eso es tajante, pero no determinante.
España se está convirtiendo en un país legalista (De nuevo culpo a la televisión y al contínuo trajín de demandas, querellas y demás), parece ser que si una ley no prohíbe hacer algo, esto se puede hacer. ¿Qué ha sido del sentido común, donde ha quedado?
¿No es más lógico dejarnos llevar por la lógica antes que por la suposición del crimen en cada acto? ¿Por qué no aprendemos de otras naciones donde fotografiar a la gente no es un crimen, sino un acto deseado?

En fin, así somos y me temo que así seguiremos, aunque de vez en cuando alguna buena noticia nos haga pensar que sigue imperando el sentido común, aunque haya sido en Estados Unidos, no es España, donde un juez ha determinado que las fotografías que la fotógrafa Anne Svenson realizó con teleobjetivo de la vida de sus vecinos en Tribeca, a través de sus grandes ventanales, es legal (Frente a lo que defendían dos retratados que la demandaron) pues la autora tiene derecho a la libre expresión artística usando sin permiso la imagen de terceros.

Enlaces de interés.
La ley
La Constitución
La sentencia sobre Anne Svenson

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Próximas exposiciones (Actualizado el 09-09-13)

 

A excepción de algún remanente de PhotoEspaña, Agosto no ha proporcionado ningún punto de interés en lo que a exposiciones fotográficas en Madrid respecta.

Sin embargo, el otoño que está al caer y el invierno que le seguirá vienen este año cargados de exposiciones muy interesantes. A continuación dejo una lista con la información que he podido recopilar en internet, la mayoría la he obtenido en blog similares a este, con lo cual supongo que será fiable aunque siempre puede haber algún cambio.

Estas son las exposiciones que se acercan, en orden cronológico:

Hombres del siglo XX de August Sander.
La Fábrica
11 de Septiembre al 17 de Noviembre 
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El Alquimista, Patrick Bailly-Maitre-Grand.
Galería Michel Soskine
11 de Septiembre al 28 de Octubre

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World Press Photo
Círculo de Bellas Artes
13 de Septiembre al 13 de Octubre

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Tomás Ruff

Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid
Del 18 de Septiembre al 24 de Noviembre 

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Seda de caballo, de Manuel Vilariño
Edificio de la antígua Tabacalera
Desde el 12 de septiembre 

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Catalá-Roca, Obras Maestras
Círculo de Bellas Artes
17 septiembe a 12 enero 

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Dancing with Ghosts, de Sylvia Plachy
Galería Blanca Berlín
18 de septiembre a 16 de noviembre

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“Extraños”, de Castro Prieto.
Galería Blanca Berlín
18 de septiembre a 16 de noviembre

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William Christenberry
Sala Azca de la Fundación Mapfre
25 de Septiembre al 24 de Noviembre 

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Magnum’s first (La gran antológica de la agencia Magnum)
Fundación Canal
De Octubre a Enero

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Terry O’Neill (Rostro, leyendas)
Espacio Telefónica
Desde el 11 de Octubre de 2013 al 12 de enero de 2014

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Muestra Íntima de Les Luthiers
Palacio de congresos de Madrid
01 de Octubre a 13 de Octubre

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Chris Killip “Trabajo”
Reina Sofía
2 de Octubre  a 24 de febrero

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Zwelethu Mthetwa
Sala Azca Fundación Mapfre
Del 01 de diciembre al 31 de Marzo 

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