El funeral de Robert Kennedy, por Paul Fusco

Inauguro con esta entrada una nueva categoría en este blog dedicada a reseñar aquellas fotografías que, por cualquier razón, han dejado huella en mi.
Serán reseñas de una única fotografía, no de series ni de la obra completa de un autor. Son tantas las imágenes de las que me gustaría contar algo que espero tener para mucho tiempo.

RFK Funeral Train, USA, 1968.  Paul Fusco.

Robert Kennedy fue, para muchos norteamericanos, la gran esperanza, el candidato que prometía darles lo que les habían arrebatado durante años, todo aquello que John Fitzgerald Kennedy no pudo dar. Los más castigados por los problemas económicos y sociales de Estados Unidos depositaron en él su esperanza y su voto, de ese modo, el 5 de junio de 1968 Robert Kennedy derrotó a Eugene McCarthy en las primarias. Aquél mismo día, al finalizar su discurso de victoria fue asesinado de un disparo.
La historia se repetía, un nuevo kennedy moría y de nuevo las ilusiones de desvanecían. El cadaver de Robert Kennedy fue trasladado en un tren desde Nueva York a Washington.
En aquél tren viajaba Paul Fusco (Leominster, Massachusetts-, USA), un fotógrafo de la agencia Magnum que cubría el funeral y que realizó un reportaje que pasaría a la historia del periodismo.
Al paso del tren, cientos de personas salieron a rendir honores a su candidato fallecido. En aquél tren viajaba su esperanza perdida y todos aprovecharon para despedirlo. Paul Fusco los fotografió a ellos, a los más humildes, y sus fotografías entraron en la historia del arte de Niepce. Fueron muchas las fotografías que tomó y muchas de ellas tienen una gran calidad pero hay una que sobresale sobre las demás por su valor estético y documental, así como por su fuerte carga emotiva.

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© Paul Fusco

En la fotografía se puede ver lo que parece ser una familia campesina que, colocada en riguroso orden de mayor a menor tamaño, separados por la misma distancia, asisten con gesto serio y posición firme al paso del tren. En esta familia está el retrato de todos los que confiaron en Robert Kennedy, de su pobreza reflejada en la ropa de los padres o en la falta de prendas en los niños, en sus cabezas despeinadas y sus pies descalzos, en la muleta del padre abandonada en el suelo para no perder la dignidad en ese momento solemne. La familia se yergue antes de volver a su vida cotidiana, despide a Kennedy y detrás, el campo, el vasto territorio norteamericano, desenfocado y borroso pero imponente, aplastante sobre la familia.
Fusco presentó 120 diapositivas pero la revista para la que realizó el reportaje, Look Magazine, renunció a publicarlo en su totalidad y solo mostró dos imágenes.
Todo el reportaje se encuentra recogido en forma de libro con el título RFK Funeral Train publicado por Magnum Photos en el año 2000.

 

Enlaces de interés:
Portfolio de Paul Fusco en Magnum

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De galgos y podencos

De vez en cuando alguna noticia salta al ágora fotográfica y se convierte en tema de conversación, aunque la voracidad de las redes sociales se la traguen en poco tiempo.
Hace unos días ha sido muy comentada la extraña decisión que ha tomado la agencia Reuters obligando a sus fotógrafos en trabajar con formato Jpg y no admitiendo el Raw. El argumento esgrimido por la agencia para defender tan peculiar decisión ha sido el de evitar la manipulación de las imágenes, ante lo cual cabe reflexionar desde diferentes puntos de vista.
En primer lugar, qué triste es que una agencia de fotografía tenga que pedir a sus fotógrafos que no manipulen, esto debería hacernos reflexionar sobre los derroteros que la fotografía periodística está tomando de un tiempo a esta parte. Sobre este punto prefiero incidir más adelante.
En segundo lugar, deberíamos saber qué se considera manipulación y qué no. Yo lo tengo claro, quitar o poner es manipular, mejorar luces o colores, no lo es, pero cada cual tiene su visión particular al respecto.
En tercer lugar, ¿Qué hace pensar a los directivos de Reuters que un Jpg por el mero hecho de ser Jpg no está manipulado? ¿Hasta ese extremo llega su desconocimiento de los procesos digitales?
Una fotografía en Jpg puede ser manipulada con Cámera Raw o con Lightroom, con una pérdida de calidad mayor que si se tratara de archivos Raw, sin duda, pero pueden ser manipulados. Además, la agencia aclara que admite recortes y retoques en luces o colores, en ese caso ¿Qué más da que sea Raw o Jpg si permite el paso por un software de edición? ¿Cómo podrá saberse si una fotografía ha sufrido retoques leves o serias manipulaciones si se modifica el Jpg original?
La historia del fotoperiodismo reciente está llena de ejemplos de manipulaciones, en ocasiones ultrajantes, que no tienen nada que ver con Raw o Jpg sino con determinada falta de moral. La foto de Sarkozy con su michelín desaparecido, la de Acebes adelantando milagrosamente su posición, el público de un partido de fútbol repetido o la felicitación navideña de la Casa Real Española son ejemplos de foto montajes digitales que suponen una vergüenza sin que importe si la fotografía se tomó en Jpg, en Raw o en cualquier otro formato existente.

sarkozyEl michelín desaparecido de Sarkozy (Fuente: Quesabesde)

acebesEl paso adelante de Acebes (Fuente: Quesabesde)

futbolLos espectadores clonados (Fuente: Quesabesde)

familia_real La felicitación de la Casa Real (Fuente: Quesabesde)

Todo esto es absurdo se mire desde donde se mire, por la ignorancia de los procesos técnicos por parte de quienes han dado la órden y por pensar que la manipulación es cosa de la fotografía digital. Desde que existe la fotografía, el laboratorio ha sido algo más que un cuarto donde convertir la imagen negativa en positiva. A base de máscaras, filtros o tapados, los fotógrafos han corregido los tonos, luces, sombras o colores de sus fotografías hasta ajustarlas a lo que ellos quisieran transmitir, o simplemente a la realidad en el momento de la toma que la cámara no acabó de captar.

magnumUn ejemplo de los apuntes previos al revelado final en una fotografía de la agencia Magnum

Corregir o mejorar no es mentir, no es cambiar la información transmitida por una fotografía. La foto de la niña del Napalm tomada por Nick Út fue recortada obviando a varios soldados americanos, la fotografía de los milicianos españoles disparando sobre un caballo muerto de Agustí Centelles también fue recortada y en cierto modo escenificada, pero eso no las convierte en manipulaciones, siguen siendo fieles testimonios de su momento histórico.
Y no podemos dejar de lado que en múltiples ocasiones la manipulación puede ser previa a la toma. Podremos encontrarnos con fotógrafos que entreguen su Jpg sin procesar, directamente desde su cámara, pero que lo fotografiado no corresponda con la realidad que intentan documentar. No nos olvidemos de que la mirada del espectador es inocente y no conoce qué hay detrás de la fotografía, no sabe del momento ni la situación.
La fotografía del miliciano español de Robert Capa revolucionó el foto periodismo internacional, pero las dudas sobre su autenticidad son tantas y tan fundadas que uno se plantea si en lugar de un hombre asesinado no estaremos viendo una ficción. Tenemos otros ejemplos, muchos por desgracia y muy recientes, como el del niño Marwan perdido en el desierto que resultó no estarlo o la más reciente de otro niño, Aylan, el refugiado de tres años muerto en la orilla del mar pero que había sido colocado en el punto en el que lo fotografiaron para causar un mayor impacto. Las fotografías manipuladas existirán mientras existan los manipuladores, cambiarán las herramientas pero no la actitud.

muerte_milicianoLa polémica fotografía de Robert Capa

Volviendo al primer punto, cabe preguntarse si no será más lógico que Reuters, o cualquier otra agencia o medio de comunicación, contratara fotógrafos con un código deontológico correcto, que no mientan ni antes ni después de tomar su fotografía en lugar de recurrir a debates sobre si Raw, si Jpg, que es como debatir sobre galgos y podencos elevando los principios de McLuhan a la categoría de dogma. Pero no nos olvidemos del cariz de los tiempos que nos han tocado en suerte, ahora se busca la inmediatez por encima de la profundidad y del trabajo a conciencia. Ahora lo que importa es tener la imagen sobre cualquier cosa publicada en internet casi en el momento en que ocurre, y no importa si la fotografía es tan pobre que la podía haber tomado un niño con un móvil, lo único que cuenta es vender más siendo los más rápidos.
Atrás quedaron los reportajes pausados, documentados, realizados con calma siempre dentro de la urgencia que exigía cada momento. Claro que entonces se contraba a los grandes, ahora cualquiera con una cámara es fotógrafo y así nos va.
Como conclusión quiero reseñar el cambio en sus políticas de admisión de fotografías que World Press Photo acaba de Publicar. Tal vez cansados de que la últimas ediciones del concurso se vieran manchadas por la polémica de manipulaciones o posibles manipulaciones en las fotografías ganadoras, WPF ha publicado una serie de instrucciones de cara a futuros participantes donde deja claro en forma de cuatro vídeos qué admitirán y qué no. Sin duda esta es la política más apropiada, la que deja claro desde el primer momento qué comportamientos no serán admitidos sin perderse en disquisiciones ridículas sobre formatos.
En fin, malos tiempos estos para el foto periodismo, ojalá pronto las aguas vuelvan al cauce de la sensatez.

 

Enlaces de interés:
“Handbook of Journalism”, de Reuters
Nuevas normas de World Press Photo y vídeos explicativos

Josef Koudelka, coherente.

Fundación Mapfre, en ese encomiable empeño por mostrar la obra de los más grandes maestros de la fotografía, expone en su sala de la madrileña calle Bárbara de Braganza la más importante retrospectiva de la obra del fotógrafo checo Josef Koudelka.
Esta magnífica exposición permite a sus visitantes conocer a fondo y en detalle las más importantes fotografías de un autor clave en la historia de la fotografía, un maestro por el dominio absoluto del blanco y negro, por lo que muestra en sus fotografías y por una coherencia a la que pocos fotógrafos llegan en toda una carrera.

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Josef Koudelka.
Fuente: Le Oeil de la Photographie

Josef Koudelka, nacido en Moravia (Checoslovakia) en 1938, fecha como su primer trabajo importante el que realizó en 1958. Desde ese año y durante cuatro más, Koudelka fotografió paisajes y escenas exteriores trabajando sobre ellas en el momento de la toma pero sobre todo en el procesado de laboratorio donde las recortaba, ampliaba y aumentaba el contraste de la imagen hasta convertirlas en manchas de negro sobre blanco. Aquellas bellísimas imágenes, algunas de ellas para la portada de la revista Divadlo (Teatro) sembraron en él la semilla de su trabajo posterior. Todas las fotografías que realizó durante el resto de su carrera tienen una base afianzada en esas imágenes, en las que fueron portada de la revista y en las fotografías de actores que realizó en los ensayos de obras de teatro.
Josef Koudelka se movía entre los actores con sigilo, haciéndose invisible, mezclado entre ellos para captar unas imágenes con un blanco y negro contrastado, potente, imágenes en las que el fuerte grano es un agente narrador más, como el contraste o la cercanía con respecto a sus modelos.
En aquellos años, Koudelka aprendió a dominar el Blanco y negro, a convertirlo en su aliado para sus intenciones narrativas y plásticas y fue ese dominio el que le permitió afrontar de manera magistral su primera serie de contenido social.divadlo

Portada de Divadlo ©Josef Koudelka

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© Josef Koudelka

A principios de los sesenta, Koudelka comenzó a dedicar su tiempo en la visita de campamentos romaníes. Sus visitas comenzaron en relación con su trabajo como ingeniero aeronáutico pero pronto sería una cuestión personal.
En el tiempo que pasó con los gitanos, Koudelka tomó miles de fotografías de las que surgiría su exposición titulada “Gitanos” con un total de 27 fotografías de las que se conservan 22. En esas fotografías se muestra la vida de los gitanos, sus costumbres, sus ritos, las fiestas y los funerales, la vida diaria de esa gente.
Estas fotografías suponen una ruptura temática con los trabajos anteriores del autor, pero se mantiene en ellas el dominio del blanco y negro, el uso del contraste y el grano a favor de las intenciones del fotógrafo. Koudelka juega con los contrastes, reduce o amplia la gama tonal según le conviene. Hay una foto de una niña gitana que es pura mancha negra y tiene la fuerza y el punto de locura de cualquiera de las pinturas negras de Goya que tanto admira, en otras fotos la gama tonal se amplia para mostrar todos los matices de un funeral o del interior de una vivienda.

gitanos2© Josef Koudelka

gitanos

© Josef Koudelka

En 1968 las tropas rusas invadieron Praga. Koudelka acababa de regresar de Rumanía cuando supo de la invasión y sin dudarlo cogió sus cámaras atadas con cuerdas y se lanzó a fotografiar lo que ocurría.
El fotógrafo que se mezclaba entre los actores sin ser visto ahora se colaba entre los tanques y los soldados, se encaramaba a los carros de combate o a los edificios, con la misma técnica, sin importar que esto no fuera una función sino una realidad atroz.
Las fotografías que tomó de la invasión suponen un testimonio único. Ningún otro fotógrafo se acercó tanto, ninguno mostró aquella semana (del 21 al 27 de agosto) de una forma tan directa. Fue invisible para los soldados como lo fue para los gitanos o los actores, siempre fiel a una forma de entender la fotografía.

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© Josef Koudelka

invasion2© Josef Koudelka

Tras la invasión se vio forzado al exilio y debió abandonar su país, ahora en manos de los rusos. Comenzó de este modo un periplo por Europa sin dejar de tomar fotos.
Fotografiaba cuanto se encontraba sin buscar una unidad, sin llegar a concebir un proyecto fotográfico. Era el acto compulsivo de un nacido para fotografiar, para captar la realidad, su realidad, y convertirla en potentes imágenes monocromas que, entre otros méritos, le valdrían el formar parte de Magnum.
Pasados los años, las fotografías tomadas durante ese tiempo se convirtieron en una exposición titulada sencillamente “Exilios” en la que se recoge el devenir errático del autor por Europa.
En estas fotografías hay una curiosidad enorme por lo que cada país le mostraba pero la nostalgia por su país y su trabajo anterior está presente. La fotografía de su mano con un reloj tomada en campos de España es un homenaje a una de sus fotos más famosas de la invasión de Praga, la que muestra la mano, el reloj, y una gran avenida vacía como fondo.
En la fotografía parisina del perro recortado en silueta contra la nieve está el mismo expíritu de las fotografías para la portada de Divadlo.
Los señores que orinan en una tapia se distribuyen en la imagen como los grupos de gitanos que celebran una fiesta, al igual que la fotografía de los tres irlandeses arrodillados que tanto debe a las composiciones de los romaníes.

manorelojespana © Josef Koudelka

viejos

 © Josef Koudelka

perro © Josef Koudelka

irlandeses© Josef Koudelka

A sus 77 años, Josef Koudelka continua fotografiando, enfrentando nuevos proyectos con la vitalidad de un joven. Su trabajo más reciente tiene la forma de enormes fotografías panorámicas en las que muestra muros alzados por el hombre, ruinas, barreras y paisajes.
El hombre ha desaparecido de sus fotografías, o al menos su representación gráfica, pero su presencia y sus actos laten en cada imagen. Son imágenes potentes por su tamaño y por aquello que muestran, de una gran belleza, que invitan a la reflexión sobre lo que nos quieren contar y sobre el trabajo de un fotógrafo que ha demostrado a lo largo de su carrera una coherencia y una fidelidad a si mismo difícil de encontrar en grandes artistas de renombre.

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© Josef Koudelka
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© Josef Koudelka

La exposición en particular y la obra de Josef Koudelka en general merecen la atención de los fotógrafos y aficionados a este noble arte, tenemos tanto que aprender de él.

Fotografías de ida y vuelta

Pasamos hace ya tiempo del carrete al archivo virtual con alegría, entre alharacas y loas al progreso y a la comodidad que este traía consigo, tan sólo la voz de los nostálgicos o de los reacios a un nuevo aprendizaje sobresale de vez en cuanto entre el canto general que rinde culto a las maravillas de la fotografía digital.  Maravillas estas que son de diferente índole para según qué usuarios aunque hay aspectos en los que solemos coincidir todos, y uno de ellos es en la facilidad de almacenaje y archivo de las fotografías virtuales. Hemos pasado de reservar cajones enteros a almacenar negativos, hojas de contacto, copias y demás material físico, a tener nuestras fotos guardadas en una cajita negra llamada disco duro que es algo así como la caja de pandora por su capacidad mágica de almacenamiento de maravillas y desgracias. Sucede que aquellos negativos, copias y demás material tangible aún hoy sigue ocupando un espacio en algún armario, pero, ¿Qué ocurre con los archivos digitales? ¿Estamos seguros de que poseemos esas fotografías que en realidad no existen? Manejamos archivos, no objetos, y eso es cómodo, es rápido y barato, pero en un momento determinado, en base a quién sabe qué factores del azar, todo eso puede desaparecer de golpe, perder su existencia digital para ser nada, volatilizarse en una dimensión virtual. Recientemente he pasado por ese trance, no uno, sino dos discos duros de repente dejan de cumplir su función y sus archivos o desaparecen o son ilegibles y con ellos se van horas de trabajo, se va mi obra. Seguramente he perdido fotografías, diseños, ilustraciones. Una parte importante de mi obra no impresa se puede haber convertido en humo, en ceros y unos dispersos en la nada dejando una sensación similar a la de un robo, la misma indefensión y frustración. Cuando se trabajaba con carrete se hablaba de la imagen latente, esa extraña entelequia que sólo se materializaba al pasar por el proceso mágico del revelado. La técnica ha avanzado pero ahora todas las imágenes son latentes hasta que pasan por una impresora o similar, y en este caso el proceso no es obligatorio, con lo cual pasamos la vida haciendo y viendo imágenes que no existen. Me he puesto a filosofar sobre todo esto hoy llorando una posible pérdida pero pensando que la fotografía “física” no está menos expuesta a pérdidas y percances que la otra, como objeto tangible y móvil que es, y en este caso tal vez el hecho más prodigioso es el reencuentro de esas fotografías dadas por perdidas, y de este tipo de historias está llena la historia de la fotografía. Hablaré sobre algunos casos que conozco. La maleta Mexicana de Robert Capa. La historia de la ya mítica maleta comienza en 1939, cuando acababa la guerra en España y casi comenzaba una nueva en Europa. En aquél año, una serie de negativos que Endre Ernő Friedmann, conocido comoRobert Capa, había acumulado con fotografías de la guerra civil española, desaparecieron cuando el fotógrafo huyó de Francia para emigrar a los Estados Unidos por el miedo a ser internado por ser simpatizante de los partidos de izquierdas. Se trataba de más de cien rollos con fotos de Capa, de Gerda Taro y de David Seymour (Chim). Por aquél entonces, Capa pidió a su amigo, el fotógrafo Imre Weisz que guardara los negativos para evitar su destrucción por las imparables tropas alemanas y al parecer Weisz se los llevó dentro de una maleta a Marsella, ciudad en la que fue detenido para desde allí ser enviado a un campo de concentración el Argel. Pero por algún motivo no muy claro, antes de que Weisz fuera detenido, los negativos acabaron en manos del general mexicano Francisco Aguilar González, que entonces era diplomático de su gobierno en la ciudad francesa, y que al final optó por llevarlos a su país. NegativosPerdidosCapa El general seguramente ignoraba la importancia y procedencia de la maleta, y Weisz, que por azares del destino acabó viviendo toda su vida en México DF nunca hizo nada por recuperar aquellas fotografías que él supondría perdidas entre tantas otras pertenencias que la guerra se había tragado. Desapareció todo rastro de la maleta y nadie sabía de su existencia, tanto que ni siquiera aparecía en las biografías o recopilatorios de Capa. Pero en 1995, un sobrino de una hija del general Aguilar contactó con el International Center of Photography, fundado por el hermano de Robert Capa, Cornell, comunicando que había heredado una serie de negativos con fotos de la época en la que Capa trabajó en España. Sin embargo, el heredero del general que los poseía se mostró reticente a mostrarlos y el centro acabó por perder el contacto y el pequeño rastro de la maleta. Sin embargo, aquél suceso soltó la liebre y puso en aviso a algunas personas interesadas en la recuperación de los rollos y fue gracias a la cineasta Trissha ZIff que los negativos se localizaron de nuevo con mayor éxito en las negociaciones tras la promesa de que los negativos acabarían en un lugar adecuado. En aquellos negativos hay unas tres mil fotos en 127 rollos de película guardados en cajas de cartón perfectamente ordenados y clasificados, además de en estado de conservación ideal. Gran parte del contenido de esas cajas ha sido restaurado ya e incluso existe una exposición itinerante que muestra algunas de esas fotografías, pero aún hay mucho trabajo por hacer con la maleta mexicana, entre otras labores la de discernir quién es el autor de cada fotografía. Un trabajo fascinante que no hará sino añadir luz a la vida de Robert Capa y a su arte y, quien sabe, si tal vez algún día permita discernir el misterio de la autoría de la “Muerte de un miliciano”. El rostro del tiempo En el año 1955, la agencia Magnum estaba consolidada como la que sería una de las mejores, si no la mejor del mundo. Para avanzar un paso más en su consolidación y para reafirmarse en su intención de convertir el fotoperiodismo en un arte, Magnum decidió organizar su primera exposición colectiva. Titulada como “Gesicht der Zeit” (El rostro del tiempo) la muestra presentaba 83 obras de los maestros que integraban la agencia; Robert CapaHenri Cartier-Bresson, Werner Bischof, Ernst Haas, Erich Lessing, Jean Marquis, Inge Morath y Marc Riboud. La exposición se celebró en el Instituto Français de Innsbrück y después giró por varias ciudades austriacas hasta volver de nuevo al instituto, donde se le perdió el rastro. Durante muchos años la exposición estuvo desaparecida, perdida en una especie de limbo y nadie supo de su paradero e incluso de su existencia pues los organizadores fueron falleciendo y nadie en Magnum la buscaba, hasta que en 2006, el azar llevó a una trabajadora de la agencia a visitar el Instituto Français de Innsbrück y allí alguien le comentó que en los sótanos de la institución se guardaban unas cajas con el nombre de Magnum, después de bajar a ver qué era esas cajas se encontraron con que contenían la exposición íntegra, perfectamente conservada, etiquetada y clasificada, como si hubiera estado durmiendo esperando a que la despertaran.. Ahora, Magnum hace girar por el mundo aquella exposición rebautizada como “Magnum’s first”, no hace mucho que pudo ser visitada en Madrid. magnumc2b4s-first Las fotografías de Vivian Maier A estas alturas, todo el mundo ha oído hablar de la niñera fotógrafa, pero hasta hace bien poco,Vivian Maier era una total desconocida. En 2007, John Maloof se encontraba buscando documentación para un libro sobre Chicago y en una subasta se hizo con un archivo de fotografías que habían sido adquiridos por la casa de subastas en un almacén de muebles cuyo arrendatario había dejado de pagar el alquiler. Maloof reveló algunos de esos carretes para venderlos en la red, y en ese momento Allan Sekula contactó con él para impedir que se dispersara el material que tenía una calidad que Maloof no había sido capaz de apreciar. A partir de ese momento, John Maloof se dedicó al rescate de la obra de Vivian Maier. Gracias a esto podemos ahora disfrutar del trabajo de la niñera fotógrafa. Vivian Maier, hija de refugiados judíos, pasó casi toda su vida en Estados Unidos. A principio de los años 30, su padre abandonó a su madre y madre e hija vivieron por una temporada con Jeanne J. Bertrand, una fotógrafa surrealista que tal vez inició la vocación de Vivian. Maier no era fotógrafa profesional, se ganaba la vida con diferentes empleos, sobre todo siendo la niñera de una familia del North Side de Chicago después de haber viajado a diferentes países asiáticos. En sus contínuos paseos que la llevaban a casa de los niños que cuidaban y de vuelta a la suya realizó gran parte de sus fotografías que no revelaba porque no se lo podía permitir, pero no le importaba, seguramente para ella el resultado de cada foto era indiferente. Vivian Maier fotografiaba su entorno de forma compulsiva, pero no de una forma desordenada, sino cuidando cada fotografía y creando así un archivo privilegiado de tipos y personajes de su época. La suya es una mirada atenta que analiza y disecciona la sociedad que se muestra en las calles, es como un certero bisturí que extrae lo mejor, lo más jugoso de la vida y deshecha lo accesorio. Maier retrata su mundo en todas sus facetas, y ella es parte de ese mundo lo que le lleva a retratarse reflejada en espejos, escaparates y otras superficies reflectoras, siempre con un gesto hierático con la mirada atenta a su reflejo mientras sostiene su Rolleiflex a la altura del vientre. Los suyos son autoretratos sin planificar, ella caminaba y cuando encontraba su reflejo, lo retrataba, sin más, sin mayores pretensiones, como una constancia de su vida que era la vida de su ciudad. Vivian Maier falleció en 2008, viviía en la pobreza y los niños a los que cuidó en su día ahora le pagaban el alquiler del apartamento. Caminando resbaló y se golpeó en la cabeza, cuatro meses después falleció en una residencia de ancianos, a los 83 años, dejando un tesoro latente en un trastero de alquiler que por fortuna fue encontrado y sacado a la luz pero que igualmente podía haber desaparecido para siempre. simona Las fotografías perdidas de Agustí Centelles. Agustí Centelles es, sin duda, uno de los más grandes fotógrafos españoles y desde luego el que mejor retrató la guerra civil. Sus fotografías reflejan la realidad española en aquellos años mejor de lo que lo hiciera, por ejemplo, Robert Capa. En el año 2008, el Museo Nacional de Arte de Cataluña pidió a los hijos del fotógrafo imágenes de su padre que hubieran sido positivadas por él. Los hijos emprendieron una búsqueda en el laboratorio y allí se encontraron con una caja metálica de galletas en la que se conservaba una considerable cantidad de negativos y copias cuyo contenido suponía un reflejo de la vida política en tiempos de la guerra y los años previos. Entre estas fotografías destacaba una en la que aparecía el presidente de la Generalitat “Lluis Companys” preso en la carcel modelo de Madrid junto a otros miembros de su gobierno a la espera de ser juzgado tras la proclamación del estado catalán. Según explicaron sus hijos, el contenido de la caja venía determinado por aquellas fotografías que su padre no sabía como clasificar pese a que durante años archivó sus negativos de forma meticulosa. Además de la ya famosa caja de galletas, los hijos de Centelles encontraron copias de instantáneas que habían quedado escondidas en una finca de la barcelonesa Vía Laietana, de la que eran porteros sus suegros, fotografías familiares de antes de la Guerra y de los años 1945 y 1947, en los que la familia vivió en Reus y un rollo de negativos con edificios bombardeados en Reus y Falset, en los que, a diferencia de sus imágenes de los bombardeos de Lérida, no aparecen las víctimas. Si bien este no es un caso de perdida, sino más bien de olvido temporal, es otro ejemplo de lo caprichoso que es el azar en cuanto al devenir de algunas fotografías. dscn4700 Pero no todas las historias sobre fotografías perdidas y encontradas están relacionadas con los grandes fotógrafos, muchas veces son las fotografías sin dueño conocido o aquellas en las que se desconoce la identidad del retratado las que viven historias más fascinantes, y de esas hay muchas, surgen a diario y no dejarán de hacerlo. Ha sucedido más de una vez que alguien ha encontrado fotografías en las que el modelo retratado es alguien importante o famoso, y eso convierte un hallazgo trivial en un acontecimiento histórico. Sucedió cuando se encontraron fotografías inéditas de Adolf Hitler en un ático de California o cuando en el año 2010, dos libreros parisinos descubrieron una fotografía de Rimbaud en edad adulta. En un rastro de San Francisco se encontraron negativos con fotografías de David Bowie y en el años 2012 fueron halladas 45 fotografías de los Rolling Stones tomadas por un autor anónimo en una gira durante el año 1965. Mick-Jagger En ocasiones, las fotografías encontradas nos acercan momentos de la historia, como las fotografías tridimensionales de la primera guerra mundial encontradas dentro de una cámara anaglífica en las Cataratas del Niagara. O más prodigioso aún, el hallazgo de negativos congelados en la Antártida y que al ser revelados mostraron imágenes de una expedición de Ernest Shackleton.   original2-par spencer-smith__largest-no-more-than-580x630 (1) Aunque yo prefiero aquellas fotografías en las que el anonimato es absoluto, no se conoce el autor, ni al modelo, ni el momento, ni ningún dato. Hallazgos de fotografías domésticas o similares que cuentan historias de cada día, sin grandes nombres detrás de ellas pero es eso lo que las hace tan fascinantes. Ya escribí una entrada en este blog relativa a una caja de diapositivas que encontré donde hablo de la felicidad que produce un hallazgo similar, y es esta una felicidad compartida por muchas personas en el mundo, lo que ha dado lugar a la creación de sitios web y grupos en redes sociales dedicados a la recopilación de estas imágenes. De todos ellos dejo una lista de enlaces como colofón. Fotos históricas Colección de enlaces sobre fotos anónimas Fotos encontradas Fotografías en blanco y negro Proyecto “Olvidados” Found Photographs Fotografías encontradas Negativos encontrados, grupo de Facebook

Prince Street Girls, la fuerza de lo cotidiano.

 

Las grandes exposiciones fotográficas en Madrid, tales como la de Sebastiao Salgado, las de Photoespaña o algunas como la que llegará en Junio de Cartier-Bresson, copan la información cultural en lo que a fotografía respecta. Pero hay exposiciones menores en dimensiones pero nada desdeñables, programadas por pequeñas galerías, que merecen ser reseñadas igualmente, como la que expone la galería Pelayo 47 hasta el próximo día 12 de Abril, “Prince Street Girls”, de Susan Meiselas.

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La autora es una fotógrafa documental más conocida por su cobertura fotográfica de la guerra en Nicaragua y El Salvador, pero su lente captura algo más que hechos históricos, revela un instante honesto de las personas que fotografía, y la fuerza de Prince Street Girls reside justamente en eso, en la sinceridad y espontaneidad con que están hechos estos retratos.
Susan Meiselas saltó a la fama en la década de los setenta. En 1976 publicó su primer libro -hoy considerado una obra de culto- Carnival Strippers, un ensayo fotográfico sobre la vida de mujeres que hacían striptease en Nueva Inglaterra, Estados Unidos. Ese mismo año se unió a la Agencia Magnum Photos, y desde entonces trabaja como fotógrafa independiente, desarrollando proyectos de fotografía documental vinculados al rescate de la memoria histórica

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Con respecto a la exposición “Prince Street Girls”, Susan cuenta que;
“En 1975, hace casi treinta y cinco años, iba en bicicleta por mi barrio Little Italy cuando de repente un destello de luz me dio en los ojos, cegándome por un momento. La luz provenía de un grupo de niñas que estaba jugando con un espejo, tratando de reflejar el sol en mi cara. Ése fue el día en que conocí a las “Prince Street Girls” -y ése fue el nombre que le di al grupo que se juntaba en la esquina de mi calle casi todos los días-. Las chicas eran de pequeñas familias italo-americanas, y casi todas estaban emparentadas entre sí. Yo era la extraña que no pertenecía al grupo. Little Italy era en esa época principalmente para italianos.

El proyecto de Prince Street Girls comenzó como una serie de encuentros fortuitos. Cuando las chicas me veían pasar, me decían: “¡Haznos una foto! ¡Haznos una foto!” Al principio yo les hacía fotos simplemente para compartirlas con ellas. Si nos encontrábamos en el mercado o en la pizzería, me presentaban a sus padres -un poco de mala gana-, pero nunca me invitaban a sus casas. Yo era su amiga secreta y mi apartamento se convirtió en una especie de escondite cuando se atrevían a cruzar la calle, aunque sus padres se lo habían prohibido.

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Meiselas  fotografió a este grupo de chicas de su barrio sin sospechar que, casi tres décadas después, esas imágenes conformarían su proyecto fotográfico más personal y que un día se plantearía mostrarlo a los demás.

Para una fotógrafa acostumbrada a fotografiar guerras y conflictos, así como situaciones de marginalidad y similares, fotografiar el devenir cotidiano de estas chicas a lo largo de los años pudo ser un mero entretenimiento en principio, pero la maestría de la fotógrafa está presente en cada una de las fotos. No son las típicas fotos de recuerdo, es una crónica de la evolución de estas chicas, de cómo las trató la vida y de cómo se enfrentaron a ella. Vemos cómo pasan de la infancia a la adolescencia y de allí a la madurez y como ese crecimiento se ve condicionado por el lugar en el que viven, como la vida de barrio dirige el comportamiento de sus residentes que forman una curiosa endogamia en la que las relaciones siempre son entre vecinos, como peces en un acuario. Pero la serie a su vez es el reflejo fidedigno y apasionado de la evolución de un barrio que ahora conocemos como Soho, y de la ciudad que lo alberga, incluso de todo su país.
Hay en las fotografías de estas chicas un cariño especial, se refleja la cercanía que la autora sentía hacia estas vecinas suyas, hay mucho amor en las fotografías y también hay sufrimiento.
Es una exposición pequeña en su tamaño pero grande en contenido que conviene visitar antes de que finalice próximamente.

Enlaces de interés:
La Galería.
La autora, en Magnum
Web de Susan Meiselas

 

Génesis, cuando el medio oculta el mensaje

Después de un otoño e invierno glorioso en cuanto a fotografía, el panorama expositivo madrileño ha comenzado el nuevo año desperezándose poco a poco, con alguna muestra de interés y, como no, la estrella absoluta, “Genesis” de Sebastiao Salgado que se expone en el Caixa Forum.

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Doscientas cuarenta y cinco fotografías en un blanco y negro perfecto que son el resultado de ocho años de trabajo del fotógrafo brasileño y en gran parte de su esposa, Lelia Wanick Salgado, se expondrán hasta el 4 de mayo, lo que provocará un aluvión de visitantes al edificio madrileño, por no hablar de los beneficios económicos ahora que cobran la entrada a cuatro euros, pues sin duda serán muchísimas las personas que no se querrán perder la muestra de uno de los fotógrafos más populares. Yo la he visto, la vi el día de la presentación a prensa y la vi por mi cuenta en otra ocasión, y por más que lo intento no soy capaz de compartir la admiración que provoca.
Descubrí a Salgado cuando expuso su obra “Trabajadores” en la Biblioteca Nacional, allá por el año 1993. Acudí desde donde entonces vivía hasta Madrid a ver la muestra y ya entonces las fotografías del brasileño me provocaron sentimientos encontrados.
Las fotografías de “Trabajadores”, y del resto de la obra de Salgado, son impresionantes, eso es indudable, un trabajo colosal ante el que hay que rendirse, lo son por lo que han reflejado y lo son por la increíble calidad técnica de cada una de las imágenes. Cada fotografía suya es un prodigio de blanco y negro puro que este heredero directo de Ansel Adams cuida hasta el paroxismo, no hay una sombra o una luz que no sean perfectas, amen de la composición o del uso de la iluminación, y para mí es en este punto ronde radica el problema, al menos el mío con respecto a su obra.
La perfección técnica tan exagerada convierte a las fotografías en algo parecido a cuadros clásicos. Hay en sus imágenes algo de las composiciones grandilocuentes de las películas de Cecil B. de Mille y otros maestos de la orquestación cinematográfica y eso hace que el resultado provoque en el espectador una sensación de frialdad, de distanciamiento de lo que se fotografía, que puede malograr la transmisión del mensaje que subyace tras toda la obra de Sebastiao Salgado.

Sebastiao Salgado

Con motivo de su visita a Madrid para presentar la exposición, el fotógrafo aprovechó para presentar a su vez la breve biografía que ha editado La Fábrica dentro de su colección Blow up libros únicos y que se titula “De mi tierra a la tierra” y en ese libro, que ahora reposa en mi mesita de noche, Salgado habla de su compromiso temprano con la defensa de la naturaleza y de la dignidad humana, un compromiso que brota de su trayectoria vital, siempre en contacto con los desfavorecidos, con los exiliados (entre los que se encuentra), con la defensa de la naturaleza que arropó su infancia. Leo su biografía y comprendo su necesidad de fotografiar las injusticias que sufren los hombres en todo el planeta, la forma en la que lo que llamamos de forma errónea progreso está condenando al ser humano al sufrimiento, y algo parecido está ocurriendo con la naturaleza.
Salgado ha dedicado su vida a fotografiar en todo el planeta esas situaciones, gracias a él hemos sabido sobre el trabajo de quienes se dejan la vida en las minas de oro de Sierra Pelada, hemos conocido la dureza del oficio de aquellos que se enfrentaron a la dura tarea de apagar los pozos de petróleo que ardían en Kuwait tras la primera guerra del golfo o muchas otras situaciones. Nos ha mostrado esos lugares, esas personas o a la naturaleza misma en un trabajo que es el resultado de habitar en los infiernos que retrata, de convertirse en uno más entre sus fotografiados. Este compromiso le valió ser miembro de Magnum, hasta que formó su propia agencia “Amazonas images” y le asegura un puesto entre los grandes.
Sin embargo, cuando yo veo sus fotografías, me da la sensación muchas veces de estar contemplando poses, escenas previamente orquestadas y calculadas. Incluso con las fotografías que forman “Génesis”, quizás más con ellas, es como si el mundo entero fuera el estudio de Salgado y la naturaleza en su conjunto hubiera aceptado posar como su modelo. Son muchas las fotografías de este último trabajo que me recuerdan fotogramas extraídos de los documentales de la 2, en las que hay más belleza en la toma y en el procesado, que en lo fotografiado.
No quiero que esta entrada se interprete como un ataque a la obra de Salgado, ni se me pasaría por la cabeza algo así, reconozco su maestría y creo que su reconocimiento internacional es más que merecido, además, no es este blog un lugar para ataques contra otros fotógrafos. Me apetecía poner en palabras los sentimientos que me provoca la obra de Sebastiao Salgado, sólo eso.
Tal vez sea porque el fotoperiodismo actual nos está acostumbrando a una fotografía que busca el impacto, morboso a veces, por encima de la belleza, tal vez porque en la era del aquí y ahora nadie dedica demasiado tiempo a la técnica en la fotografía de reportaje, quizás solo sea por mi formación particular como fotógrafo, pero temo que siempre que me acerque a la obra de este autor tendré el corazón dividido.

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Durante la presentación a prensa de la exposición en Madrid, Salgado respondió gustoso a las preguntas de los presentes y también contó anécdotas interesantes sobre la toma de las imágenes. Hubo alguien que le interrogó planteándole una cuestión similar a la que expongo aquí, consultándole sobre la posibilidad de que el cuidado extremo de la técnica pudiera alejar al espectador del mensaje que se quiere transmitir con estas fotos (el del peligro de desaparición que sufre la naturaleza en el planeta y el propio ser humano), incluso dar lugar a que no sea percibido en absoluto y que la forma supere al fondo. Ante la pregunta, Salgado respondió que fotografiar implica siempre una actitud estética, incluso los que estábamos allí fotografiando el acto tomábamos nuestras fotos en base a planteamientos estéticos particulares, pues bien, él tiene los suyos y ahí se quedan.
Creo que me quedaré con esa respuesta.